Sinopsis en 2014

Documental Femicidio. Un caso, múltiples luchasSinopsis del documental Femicidio. Un caso, múltiples luchas (2014*)

El 19 de julio de 2005, María Elena Gómez –una profesora de inglés de 53 años, de clase media porteña– salió a bailar salsa con su pareja, Ernesto Jorge Narcisi, de 63. Antes de la medianoche, Narcisi la mató a puñaladas. Los medios comunicaron la noticia, en líneas generales, como un “crimen pasional en Puerto Madero”.

A nueve años de ese femicidio –y a la luz de una mayor visibilidad que parecería tener esta problemática en la sociedad argentina– Mara Avila, hija de la víctima, decide contar el caso.

En este documental en primera persona, Mara inicia una búsqueda personal, motivada por la necesidad de reelaborar desde lo subjetivo y desde lo social su mayor tragedia familiar. Sabe que ésta no es su lucha solamente, sino la de miles de hijas e hijos de víctimas de femicidios cuyas vidas se han visto atravesadas por la injusticia, por la violencia de género y por la muerte.

La joven de 34 años vuelve a Puerto Madero, camina por el Puente de la mujer y llega a la esquina de Aimé Paine y Azuzena Villaflor, donde fue encontrado el cadáver de Mariela (la mamá de Mara) la noche del 19 de julio de 2005. Estas imágenes fueron televisadas por Crónica TV, y el cadáver de Mariela ocupó el espacio central de la portada del diario Crónica al día siguiente de ocurrido este femicidio.

“No está bueno callar”, se dice Mara a sí misma en uno de los tantos monólogos que graba en su celular durante los momentos de introspección que experimenta diariamente en su departamento de Caballito, donde vive sola desde 2006. Y es por esta necesidad de contar su historia, de procesar su inmenso dolor y su inconmensurable bronca alojada en su pecho, que la autora decide compartir y hacer pública su experiencia como hija de una víctima de femicidio en la Argentina. Mariela –que según consta en el expediente de la causa catalogada como “homicidio simple” murió como consecuencia de una hemorragia interna causada por una herida con un arma blanca– no era sino una alegre profesora de inglés de clase media porteña, querida y admirada por todo su entorno y, sin embargo, asesinada a apuñaladas por su pareja –la vida no conoce el concepto de justicia para los buenos y buenas, lamentablemente–.

Mara sabe que su historia es una entre muchas. Su relato oscila entre su mirada personal e introspectiva respecto de la relación con su madre y la búsqueda de un anclaje socio-histórico. Este femicidio se suma a una larga lista de casos[1] en la Argentina de las “Melinas”, las “Ángeles”, las “Wandas” y tantas otras que ni siquiera son noticia. Estas mujeres son asesinadas y condenadas doblemente: por sus femicidas que les han quitado la vida y por la sociedad que les ha quitado la voz.

Ex alumnas de Mariela y a la vez militantes por los derechos de las mujeres comparten una charla distendida con Mara; hablan de eso sobre lo que no han hablado suficientemente en estos nueve años. Mara escucha, siente el dolor que las une, y agradece a estas amigas militantes por haberle permitido entender hace unos años que el homicidio de su madre no fue un “crimen pasional” ni un simple “asesinato” cometido por un sujeto psicótico, sino un “femicidio[2]”, el homicidio de una mujer por parte de un hombre que la considera de su propiedad.

La palabra de Mariela, a través de mails que dejó en su computadora y que Mara ha recogido para darle voz, se entrecruza con la propia voz de la protagonista y narradora, en una búsqueda por reflexionar acerca de cómo la violencia de género atraviesa la vida de tantas mujeres argentinas y de cuánto es necesario visibilizar esta violencia para erradicarla.

Mara pone su cuerpo –inclusive baila para transformar su bronca–; expone y muestra de forma poética y performativa lo que hasta entonces había confinado más que nada al espacio de la terapia. Su entrega es también militante. Sabe que su dolor –si es compartido– acaso sea más leve; y sabe que únicamente visibilizando la violencia de género será posible generar un cambio desde los distintos ámbitos sociales en que esa violencia se interioriza, se naturaliza, se reproduce, y se vuelve síntoma de una sociedad capitalista en la que la mujer ha devenido mercancía para el consumo del hombre que la silencia y que la mata.

“Que mi dolor se transforme, que mi dolor sirva, que se ilumine un camino” explica la autora, mientras se embarca en un viaje de encuentro con su historia familiar, con su bronca y con su necesidad de brindar su experiencia a un Otro, ése que aún es factible interpelar para que se acaben las “Melinas”, las “Ángeles”, las “Wandas”… y las “Marielas”.

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[1] Según La Casa del Encuentro, una mujer muere como víctima de femicidio cada treinta horas en la Argentina. Estas cifras han sido elaboradas en base a los casos mediatizados, lo cual da cuenta del carácter incompleto de dicho relevamiento, aunque en sí mismas estas cifras permiten dimensionar a priori la gravedad de esta problemática (ver: http://www.nuevodiarioweb.com.ar/nota/policiales/545486/cada-30-horas-se-registro-femicidio-argentina.html ).

[2] En particular este tipo de femicidio suele describirse como femicidio íntimo, dado que es en general la pareja de la víctima la que lo comete (Chejter y Rodríguez, 2014: 1).

* Esta sinopsis fue actualizada en 2015, a partir del trabajo de Mara Avila junto al documentalista y docente Gustavo Fontán que permitió a Mara escribir un nuevo y definitivo guión para el documental.

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