#Danza

Comencé a bailar a mis cinco años, allá por 1985. Tomaba clases de danza jazz cerquita de mi casa, en el barrio de Villa Mitre, en la ciudad de Buenos Aires. En una de las muestras de fin de año me disfracé de mariposa, algo que muchos años más tarde cobraría un nuevo sentido.

A los seis años empecé a practicar danza clásica. Mi profesora acostumbraba usar una varita para indicarnos que debíamos permanecer erguidas. Éramos todas niñas, de más está decirlo.

Más tarde tomaría clases de danza clásica y jazz, con una profe llamada Malena, en el mismo barrio. Recuerdo que vendaba mis dedos para poder usar las puntas. Solíamos hacer coreografías y llevaba una carpeta con anotaciones y dibujitos de todos los pasos de cada coreo: passé, attitude, développé… Hicimos muchas muestras. No recuerdo bien cuándo dejé las clases pero habrá sido cerca de mis once años, en 1991. Dato curioso: una de las coreos de danza jazz que más disfruté fue con una canción llamada Black Velvet. Tal vez ya por entonces empezaba a improvisar y a incorporar el drama en mi danza 😀

Fotos de danza usadas en el documental Femicidio. Un caso, múltiples luchas

Fotos de danza usadas en el documental Femicidio. Un caso, múltiples luchas

Hice un paréntesis, estudié Comunicación, trabajé como productora del Canal Solo Tango. Perdí un poco el interés por la danza durante un tiempo. Quizás no tenía tiempo, o prefería hacer natación por momentos o ir a gimnasios del barrio sin aparente continuidad. Durante mis veinte años tuve la libido puesta en el trabajo (tenía horarios nocturnos: hacía notas en las milongas, volvía tarde a casa) y en la facultad: avanzaba con materias como podía, siempre con buenas notas, pero muuuy lentamente –típico de #fsoc :)–.

A mis veinticinco años mi mamá fue asesinada, el 19 de julio de 2005. Muchxs conocen la historia, por lo cual no voy a demorarme en ello. Pero sí es importante entender que algo había que hacer con el cuerpo. Practiqué tai chi chuan; tomé algunas clases de danza contemporánea de la técnica flying low, pero no estaba lista para ello: no me gustaba que me dolieran las rodillas al arrodillarme, no conocía las rodilleras, y abandoné.

Mi terapeuta de entonces me dijo que podía probar haciendo box, ya que me ayudaría a descargar mi bronca. Cualquiera puede imaginar que no era mi onda, por lo cual probé hacer tenis, que era mi manera de “descargar” en ese momento. Estamos ya en el año 2009 aproximadamente. Tuve bastante continuidad pero creo que finalmente abandoné por los costos de las clases y tal vez por los horarios. Además nunca llegué a ser demasiado buena, sobre todo en la técnica del saque.

En 2011, a mis 31 años, retomé danza porque me dije: “¡si esto es lo que me gustaba!”. Tomé clases de jazz con Manuel Vallejos. Me divertía, a pesar de que sus formas de tratar a lxs alumnxs distaban mucho de la cordialidad. Luego me esguincé un dedito y dejé.

En 2013, me enteré que abrían un nuevo centro cultural cerca de mi barrio (desde 2016 vivo en Caballito, al límite con Villa Crespo). Era el Centro Cultural Matienzo, devenido más tarde en “club cultural”. Empecé a tomar clases de improvisación con el CAD (Combinado Argentino de Danza) y allí empezó a cambiar mi vida. Aun con mis zapatillas de danza jazz –todavía estaba susceptible por el tema del esguince–, tomé clases junto a diversxs profes del CAD y música en vivo del DJ Villa Diamante. Todxs descalzxs, menos yo. Se abría un mundo nuevo: el mundo de la improvisación, de la técnica que no era técnica rígida como en clásico o en jazz sino una técnica al servicio de un cuerpo libre, atento, “disponible”, como le llaman 🙂

En 2014, allí mismo, empezaron las clases de danza contemporánea con quien fue mi gran maestra en todo sentido, Jimena Pérez Salerno. Con ella hacíamos coreos, entrenamiento, improvisación. Armamos un grupo hermoso. Trabajamos improvisación grupal, con una escucha muy atenta. Hicimos varias “no-muestras” en el Matienzo. Fui libre. En una de estas ocasiones, no sólo bailé sino que canté. Estaba como en casa. Y mis compas me acompañaron mucho en todo mi proceso de duelo por el femicidio de mi mamá que fue contemporáneo del proceso de realización del documental Femicidio. Un caso, múltiples luchasdonde inclusive participaron generosamente en unas escenas en las que buscaba dar cuenta de la importancia del cuerpo como un cuerpo político y de la necesidad de despertar ese cuerpo, que es la casa de las emociones. 

Captura del documental Femicidio. Un caso, múltiples luchas.

Captura del documental Femicidio. Un caso, múltiples luchas registrada en el Club Cultural Matienzo en mayo de 2017. Quien me está tocando es Jimena Pérez Salerno, bailarina, coreógrafa, performer y amiga.

Hoy sigo bailando, aprendiendo, improvisando, jugando y transformando. Mi profe, Jime, está en Europa, lo cual me obligó a gestionar otros espacios, algo que también sucede en el verano cuando busco profes para no quedarme sin bailar. Tengo mucha gratitud hacia Jime y hacia muchxs bailarinxs y docentes de quienes he aprendido muchísimo en este tiempo: Fabiana Capriotti, Gonzalo Lagos, María Eugenia Estévez, Valeria Polarena, Federico Moreno, Alina Marinelli, Pablo Castronovo, Andrea Fernández, Luciana Glanc y, en este 2019, Federico Pérez Gelardi e Ignacio García Lizziero, con quienes sumé a la improvisación el contact.

El trabajo con la danza contemporánea, la improvisación, la composición escénica, el contact han sido y son herramientas de trabajo y experimentación con el cuerpo y la subjetividad. Convencida de la necesidad de despertar subjetivamente y socialmente en la construcción de un cuerpo individual y a la vez colectivo, hoy inauguro este ítem en mi blog para compartir estas experiencias vinculadas al cuerpo como un cuerpo político que es eso que estamos construyendo muchxs para transformar este mundo.

Performance en la movilización del 8 de marzo de 2018 en CABA

Performance en la movilización del 8 de marzo de 2018 en CABA, junto al Colectivo A.U.L.L.A., Las Mariposas Auge y las Madres víctimas de trata. Créditos: A.U.L.L.A.